
Por ello Selick llevaba tiempo buscando su oportunidad. Ya la tuvo con esa estupenda adaptación de la grandiosa obra de Roald Dahl, James y el melocotón gigante, pero quizá todavía coleaba demasiado la pesadilla burtoniana. Con Los mundos de Coraline ha encontrado la obra perfecta donde desarrollar su mundo. Y vaya mundo, absolutamente fascinante y personal. Vuelve a coger una historia tan infantil como oscura (en realidad es una película de terror) para hacerla completamente suya. Se olvida de Roald Dahl y coge a Neil Gaiman. Se olvida de Danny Elfman y coge a Bruno Coulais. Todo para construir una fascinante pesadilla.
En Los mundos de Coraline Selick está por encima de todo. Incluso cuando parece que la novela / cuento va a caer en algunos lugares comunes el director llega para rescatarla con una impresionante visión que va más allá de una película de animación. Una mirada oscura, retorcida , fascinante y a la vez hermosa. Porque Los mundos de Coraline habla de elegir entre nuestro mundo terrenal (gris y aburrido) y el otro, el de los sueños que pueden ser mágicos o demoníacos. Aquí hay brujas y monstruos pero no príncipes valientes. Henry Selick narra con un pulso completamente cinematográfico y arriesgado una pesadilla infantil. Y todo el mundo sabe que las pesadillas de los niños suelen ser las más terribles y apasionantes, y esta ha servido para que Selick pueda librarse de sus fantasmas del pasado de una vez por todas.




